IAN Y TOTTO EN BUSCA DEL CORAZON DE LA TIERRA
CAPITULO 1
Descubriendo a Totto, el gnomo
Se descubrió en un cuarto lleno de juegos, entre caballos de madera y carros dados vuelta. Ahí estaba él, Totto, el gnomo rojo de pelos revueltos y cara triste. Lo primero que vio fue un oso de lana de enormes ojos grandes y piel marrón, que lo miraba fijamente. Se levantó sin importarle y se deslizó delicadamente hasta trepar a una escalera que llevaba a una improvisada torre de troncos secos. La luna brillaba llena, inmensa frente a la ventana. Se detuvo ahí y se quedó largo rato mirándola, como impactado e impresionado por su luz y su tamaño. De pronto una voz ronca lo hizo trastabillar y cayó del primero al último escalón quedando anudado y colgado de sus piernas, cabeza a bajo, sin poder desatarse.
- ¿Qué haces en mi castillo? le dijo fríamente un niño de pelos desprolijos....
-¿Me quieres desatar primero? preguntó Totto
- ¡Qué hombrecito raro!!- pensó el niño...- pero... ¿Qué haces aquí?...
- ¿Me vas a tener aún colgado?
- ¡Me asustas!
- Ah... vosotros los humanos ofendéis, y luego os asustáis... ¡Bájame ya!... ¡Más asustado estoy yo!!- protestó, y el niño lo tomó delicadamente, y lo bajó sorprendiéndose de agarrar algo tan extraño.
- … ¿Quién eres? - preguntó
- …Eso sí que sabéis… ¡preguntar!- rezongaba el gnomo, mientras Ian lo observaba detenidamente..
- ¿Quién eres?- insistió, sin importarle mucho lo que el pequeño enano le decía…
- .. Bien... bien…Te diré...- dijo éste resignado- ¡pero ya deja de mirarme como a un bicho raro!, y para que lo sepas, este castillo no es solo tuyo, pues nosotros los enanos, eso somos, si, ¡enanos!, todo esto, tus juguetes, tu cama, tu mesa y tu armario, lo consideramos también nuestro, y venimos a jugar aquí, como cuando tú vas a una plaza y juegas… ¿estás de acuerdo?
- Sssí...- contestó con cierta duda...
- Pues bien, volviendo a la pregunta, te cuento niño, que no es la primera vez que vengo... Siempre lo hacemos entre varios por un ratito… pero…pero…- hablaba el gnomo y se detenía con cierta duda, como queriendo ocultar algo…
-¿Pero qué?...- quiso saber Ian
- Pero…esta vez me he tenido que quedar más tiempo… ¡y solo!
- ¿Adónde se han ido tus compañeros?
- ¡A trabajar seguramente!- …contestó mientras hurgaba entre los juguetes buscando algo…
- ¿Dónde trabajan?
- En la tierra, niño, en la tierra…
_ ¿Qué buscas?- preguntó el niño desconcertado
- Uff… ¡mis zapatos!, se han perdido por aquí… ¡no me gusta andar sin ellos!- se volvió a quejar el enano, mientras el niño abría los ojos grandes, ¡muy grandes!... ¡No era fácil entender para un niño humano, la vida, o la subvida de estos enanos!
- Pero... ¿tienes mamá?- preguntaba el niño sin éxito…- ¿se murió?- insistía, sin que el gnomo le contestara UNA palabra... - Mi amiga Carla – continuaba éste- …no tiene mamá, se murió… pero tiene una abuela... ¡es muy buena su abuela!…ella le dice Oma… a veces Abu… - afirmaba Ian- ... ¿Tienes abuela?...la abuela de Carla me da siempre chocolates…¿te gustan las golosinas?...¡A mí me encantan!..- le expresaba con satisfacción y prolongaba su monólogo sin detenerse, hasta agotar por fin al gnomo, que lo interrumpió dando un salto muy alto para un hombre tan pequeño..
-¡Te quieres callar ya!, qué costumbre la vuestra... Preguntáis y preguntáis, ¡y os respondéis solos! – Gritó Totto, y se quejó aún más- …¡Que pequeños sois!
- ¿Pequeños?- dijo Ian sin entender, enfadado y rabioso -¡tú eres mas pequeño!, y además ¡cascarrabias!, no haces más que enojarte, saltar y gritar como mi vecino Karl, es tan enfadadizo como tú... ¡Ahora vete! – le ordenó ofendido, y con lágrimas en los ojos
- ..Uy...Uy...- exclamó Totto -¡perdóname hombrecito!...- se disculpó afligido -…tienes razón, es la costumbre... nosotros, entre gnomos, siempre nos hablamos así. ¡Perdóname!, es que me siento un poco raro aquí, y nunca había tenido una conversación con un hombre... O...con un niño - dijo dudando, mientras se acercaba a su pie para sentarse en él - ... ¡Te propongo algo! – continuó…
- ¿Qué?
- Enséñame tu mundo, y yo te mostraré el mío… ¿qué te parece?
- ¿Cuál es tu mundo?.., ¿dónde vives?
- ¡Mira que eres preguntón eh!- exclamó simpáticamente – Mi mundo es tu mundo- siguió - sólo que nos tocó vivir en lugares diferentes. Mi morada está debajo de la tierra, aunque muchas veces subamos a la superficie. La tuya, está arriba de la tierra. Mis costumbres son distintas y mi lenguaje también, sin embargo, hay muchas cosas que tenemos en común, pero para saberlo, debemos conocernos mutuamente…
El niño comprendió enseguida que estaba ante un ser especial, que podía ser su compañero y amigo, y que no tenía nada de peligroso. Hacía mucho tiempo que estaba solo en casa, sin poder jugar con nadie.
- Me llamo Ian - le dijo al gnomo, sin que éste le preguntara - y ¿tú?
- Totto - le contestó mientras continuaba mirando la luna que resplandecía aún más.
-¿Por qué la miras tanto? preguntó Ian.
- ¡Ah!! Pocas cosas son tan maravillosas como su brillo... allá, donde nosotros vivimos, no la podemos ver. Sólo podemos sentir su resplandor a través de la tierra, por eso cuando sale así de grande, pasamos a la superficie y danzamos hasta que se esconde, y nuestra imagen se refleja en ella… precisamente antes, mis amigos estaban danzando… - le contó entusiasmado el gnomo. Pero Ian no alcanzó a escucharle, pues su madre le ordenaba que ya dejara de jugar, y que se acostara…
- … Mañana tienes que levantarte temprano para ir a la escuela, y yo a trabajar…- le habló desde el otro cuarto, y le ordenó - ¡ya duerme!-
– Es mi madre – le avisó Ian al enano como justificando su autoridad - ¡no te vayas!…- le pidió, y el gnomo entendió y continuó observando a los otros gnomos bailar en la luna.
Poco pudo dormir el niño esa noche, pues se la pasó despierto, abriendo los ojos de cuando en cuando para ver si todavía estaba su amigo Totto en la ventana. Efectivamente estaba allí, encantado con la noche, parado sobre un maceta, cuya planta , una estrella federal de grandes hojas verdes y rojas, le hacía de casa. Al gnomo le parecía muy interesante la idea de tener un amigo humano, y eso lo mantuvo tranquilo hasta la mañana siguiente, mirando afuera y adentro, observando lo que quizás por mucho tiempo sería su nueva casa. Estaba ansioso por conocer más a través del niño.
La noche siguió su curso hasta que Ian se despertó, y en cuanto abrió los ojos, fue a ver si no había sido un sueño lo que había tenido. Sin embargo pudo ver que su nuevo amigo estaba metido casi adentro de la maceta, sólo sobresalía sobre la tierra el gorro
rojo que siempre llevaba puesto. Quiso tirar de él, pero un dedo emergió rápidamente por la superficie, se balanceó de un lado al otro, y le hizo un gesto de no rotundo. Y el niño pareció entender, porque se fue rápido a desayunar. Estaba tan metido en los pensamientos sobre Totto, que no se daba cuenta de que su madre le estaba hablando… - Vas a llegar tarde a la escuela si sigues soñando,... vamos, ¡apúrate!- le decía ella.
Pero Ian tenía un motivo serio para pensar, ¿qué haría con Totto, cuando se fuese a la escuela?, ¿y si cuando volviera, él no estaba?; ¿y si Emma, la señora de la limpieza, lo descubría y lo barría de un plumazo, creyéndole un bicho malo? - ¡Mejor me lo llevo al cole! - dijo en voz alta.
- ¿Qué dices?- preguntó la madre sorprendida.
- Estehhh..,.. No… ¡nada!- respondió, sin saber qué decir. No le gustaba mentir, y menos a su madre. Ya lo había hecho a la mañana cuando ella le preguntó con quién hablaba a la noche, y él le contestó que estaba haciendo las oraciones. Su madre era lo único que tenía, pues el padre se había muerto cuando tenía cuatro años.
- …Estaba muy enfermo y cansado...- le había contado una vez ella- por eso se fue al cielo a curarse y a cuidarnos ¡Desde allí todo se ve mejor!- le aseguró. Ian lo recordaba bastante bien, a pesar de que era muy pequeño. Ahora con ocho años, le gustaba traer a su alma las canciones que le cantaba él antes de dormirse. Eran muchas, pero había una que le resonaba siempre cuando no se podía dormir. Sonaba más o menos así:
Aquí estoy mi niño
Aquí estoy mi amor
Ahí donde me busques
Ahí estaré yo
Si quieres dormir duerme
Si no te daré calor
Pídeme lo que quieras
Te lo daré con amor
Yo te daré alas,
Un buen corazón,
Y estaré yo por siempre
Cantándote mi canción
Aquí estoy mi niño
Solo recuérdalo
Que nunca estarás solo
Porque ahí estaré yo
Esta era la única canción que no le podía cantar la madre.- ¡Esa la canta papá!- le decía, y su madre lo comprendía muy bien, y callaba automáticamente. Su foto estaba al lado de la cama y lo miraba sonriente. Se parecía mucho a Ian, pero en grande. Tenía ojos alargados, celestes como el cielo, pelo rubio largo, y dos hoyuelos en los cachetes que se agrandaban cuando reía. Así estaba en el cuadro, alegre y riendo - ¡como solía hacerlo siempre!- recordaba la mamá, anhelándolo y extrañándolo. Sin embargo Ian no era un niño triste por esto. Se había acostumbrado a que él no estuviese de cuerpo presente, porque su espíritu estaba cerca. Él lo sentía así, y por eso en la soledad siempre le contaba cosas y le hablaba cuando estaba contento, o cuando estaba enojado o triste, en voz alta.
Cuando hubo terminado el desayuno, se dirigió apurado al cuarto a buscar la mochila para irse al colegio. Allí vio cómo el enano salía tranquilamente de la tierra de su maceta.
- ¿que hacías ahí adentro?- preguntó el niño…
- Trabajaba.
- ¿En qué trabajas?
- Ordeno las raíces que se alargan y se enredan, las limpio, y otras cosas más... ¡hay mucho por hacer aquí! – le dijo el gnomo que sabía mucho de eso, y a Ian le interesaba y hubiera querido preguntar otras cosas, pero tenía que marcharse porque la madre lo estaba esperando en la puerta.
- ¡Te quieres apurar! – le gritaba ella con razón.
.- ¡Vamos!- le dijo Ian a Totto casi sin mirarlo.
- ¿Ir?, ¿adónde?- preguntó el gnomo confundido.
- … ¡A la escuela!- le contestó con naturalidad, y en un impulso repentino, lo tomó rápidamente de los pantaloncitos que parecían ser grandes para su gusto, y lo puso en su mochila.
- … ¡Ey…ey, niño!- gritó Totto- ¡no puedes hacer esto!¡sácame de aquí!, este lugar huele mal… ¡Déjame libre! - Pero por más que gritara y gritara, era inútil, el enano ya estaba adentro del auto, camino a la Escuela.
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José Martínez Zuviría
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